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BECARIOS vs CHEFS: ¿EXPLOTACIÓN LABORAL?

BECARIOS vs CHEFS: ¿EXPLOTACIÓN LABORAL?

Aprovechando la polémica suscitada en relación a la supuesta “explotación laboral” que padecen los “becarios” en los restaurantes más reputados y caros de nuestro país, intentaré trasmitirles unas premisas jurídicas que entiendo pueden servir de base para cualquier juicio de valor sobre dicha práctica.

En primer lugar, y vistos comentarios ciertamente desafortunados, considero indispensable diferenciar claramente dos situaciones que al “común de los mortales” le pueden parecer idénticas pero que, jurídicamente hablando, son muy diferentes:

  • BECARIOS: ESTUDIANTES que se integran temporalmente en una empresa para completar su formación:
    • “obligatoria”, esto es, incluida en su programa de estudios y, por tanto, necesaria para aprobar una concreta asignatura. (Becas NO remuneradas pues, el beneficio es poder “aprobar”.)
    • “extra-curricular”, esto es, no necesaria para aprobar una concreta asignatura sino acordada entre su centro de formación (privado o público) y determinadas empresas a fin de adquirir “experiencia” en relación a los estudios realizados en dicho centro. (Prácticas Remuneradas en cantidades mínimas pues el “trabajo” realizado se paga en parte con la experiencia que se adquiere y solo en una mínima proporción con un “salario”.)
  • TRABAJADORES CON CONTRATO EN PRACTICAS o DE FORMACION: TRABAJADORES (entendidos como personas que ya han acabado sus estudios) que empiezan a TRABAJAR en una determinada empresa con el doble objetivo de, por un lado percibir un salario a cambio de su trabajo y, por otro adquirir experiencia en aspectos propios de los estudios que han cursado (contrato “en prácticas”) o en aspectos propios de otras actividades distintas a las en su día “estudiadas” (contrato “de formación”).

Partiendo de lo anteriormente expuesto, considero que los hoy llamados “stagiers” (antiguamente “aprendices de cocina”) encuentran su encaje jurídico más adecuado dentro de la figura de los “becarios extra-curriculares” o con Prácticas Remuneradas (si han llegado a los fogones de los grandes chefs de la mano de una escuela, universidad o centro de formación, con quien tengan suscrito un convenio al efecto ) o de la de los “trabajadores con contrato en prácticas” (si no llegan en virtud de convenio alguno con centros públicos o privados de formación) y, por tanto, deben percibir un salario por la prestación de sus servicios.

Al margen dejo otras consideraciones “fácticas” que no jurídicas (y a las que expresamente reconozco una importantísima trascendencia) como la influencia que puede tener en la posterior vida laboral de estos “stagiers” la experiencia que adquieren al trabajar en esos grandes restaurantes, o como el coste que tendría para los mismos adquirir dicha experiencia vía “pago del precio de un master”; y excusas como la alegada “insostenibilidad” de dichos restaurantes si se vieran obligados a pagar un salario a estos trabajadores por parecerme “insostenible” (si alguien puede invertir – para mi la gastronomía no es un gasto, si no una inversión – 170,00 € en un menú … puede igualmente invertir 200,00 €). Pero, y pese a reconocer los “beneficios” que para el aprendiz tiene o puede tener “trabajar sin cobrar” tanto es este especial y específico sector de la “alta” cocina como en casi cualquier otro (yo, personalmente, me “formé” trabajando en un despacho profesional sin cobrar cantidad alguna y lejos de considerar que en ese periodo de mi vida fui “explotado laboralmente” considero que realicé un “master” que no me costó “un duro”) entiendo que con la legalidad actual y, por lo menos, hasta que la misma se modifique, esta prestación de servicios debe llevar aparejada la percepción de un salario, mayor o menor según la fórmula concreta utilizada para su formalización: Prácticas remuneradas (importe acordado en el concreto convenio o acuerdo suscrito entre empresa y escuela)  o contrato en prácticas (importe correspondiente en atención al convenio colectivo aplicable y demás normativa laboral de aplicación).

 

Francisco Tudela.

 

Bufete Tudela & Miró

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